La Fiscalía General de la República (FGR) informó que en 2025 identificó 32 fosas clandestinas en México, mientras que las fiscalías locales reportaron un total de 651 en el mismo año, según un informe reciente. Esta discrepancia se observa en seis estados, donde las autoridades locales han documentado un número significativamente mayor de entierros ilegales. Sonora se destaca como el estado con más hallazgos, con 204 fosas registradas, lo que sugiere una mayor intensidad de actividades delictivas o una mayor capacidad de investigación en esa región.
La diferencia en los datos refleja tensiones entre las instituciones federales y estatales en la lucha contra la desaparición forzada y el crimen organizado. La FGR, que opera bajo el marco de la Procuraduría General de la República, ha sido criticada por su desempeño en la identificación de fosas, mientras que las fiscalías locales, con mayor cercanía a las comunidades afectadas, han logrado avances en la localización de restos. Este desbalance podría estar relacionado con recursos, capacidades técnicas o prioridades institucionales, lo que genera dudas sobre la transparencia y la coordinación en la búsqueda de justicia.
El contexto de la desaparición de más de 130,000 personas en el país, según registros oficiales, resalta la urgencia de un enfoque integral. Las fosas clandestinas son un legado de la violencia generada por el narcotráfico y la corrupción, y su localización es clave para darles sepultura digna a las víctimas y esclarecer los crímenes. Sin embargo, la falta de un sistema unificado de reporte y análisis de datos dificulta la comprensión real de la magnitud del problema, lo que puede afectar la formulación de políticas públicas y la atención a las familias de los desaparecidos.
Las consecuencias de esta brecha en los números incluyen la posibilidad de que algunas fosas no sean investigadas adecuadamente, perpetuando la impunidad y la falta de reparación para las víctimas. Además, la desconfianza en las instituciones federales podría erosionar la credibilidad de la FGR, mientras que las fiscalías locales enfrentan presiones políticas y limitaciones logísticas. La solución requeriría una mayor transparencia, cooperación interinstitucional y apoyo a las comunidades para garantizar que los casos de desaparición sean atendidos con rigor y humanidad.