El 25 de julio de 2024, en Nuevo México, Estados Unidos, el Departamento de Justicia confirmó el arresto de Ismael Zambada, conocido como “El Mayo”, junto a Joaquín Guzmán López, hijo del fallecido líder del Cártel de Sinaloa, Joaquín “El Chapo” Guzmán. Aunque el FBI admitió tener registros sobre la detención, rechazó revelar detalles, lo que generó especulaciones sobre el alcance de la operación y las implicaciones legales. Zambada, quien fue sentenciado a cadena perpetua en 2026 por su rol en el tráfico de drogas, enfrenta problemas de salud en prisión, lo que podría afectar su proceso judicial.
La detención de Zambada se enmarca en un contexto de intensa presión contra el Cártel de Sinaloa, uno de los grupos criminales más poderosos de México. Aunque el líder actual del cártel, Iván «El Vaticano» Fernández, se encuentra en prisión, la figura de Zambada ha sido clave en la estructura de poder del grupo. Su arresto en territorio estadounidense refleja la cooperación entre autoridades de ambos países, pero también la complejidad de las operaciones transfronterizas en el combate al narcotráfico.
El caso de Zambada tiene implicaciones significativas para el escenario del narcotráfico en México. Su posible detención podría debilitar la estructura del Cártel de Sinaloa, aunque también podría generar conflictos internos entre facciones rivales, como el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) o el Cártel de Tijuana. Además, su situación de salud en prisión podría influir en decisiones judiciales, como el otorgamiento de beneficios penitenciarios, lo que generaría debate público sobre la justicia y los derechos de los presos.
Desde el punto de vista nacional, la operación resalta la fragilidad de las autoridades mexicanas para controlar grupos criminales que operan en múltiples jurisdicciones. La participación del FBI en el arresto también pone en evidencia la dependencia de México en la cooperación internacional, lo que puede generar tensiones diplomáticas. En el largo plazo, la detención de figuras clave como Zambada podría marcar un hito en la lucha contra el crimen organizado, pero también podría impulsar la fragmentación de las estructuras delictivas en busca de nuevas formas de operación.